jueves, 18 de septiembre de 2008
Cadaver Esquisito - Pin pon de 10 palabras c/uno
los buenos y los malos, rebotan estruendosas en mis oidos
se agazapan en mi timpano buscando franco a su tortuoso
destino, y cayendo al piso se pliegan los muertos en
sedimentos terrestre que se le escapan al cuerpo tieso entre
halaridos de júbilo de cristianos violados y gemidos de ancianas
que en sus arrugas guardan esa verdad pudica que niegan
con los ojos y asienten con sus perversos muslos antiguos.
domingo, 14 de septiembre de 2008
horcas - argentina, tus hijos
el pueblo ya no aguanta mas
reunión en la plaza central
la crisis nos inundara
Argentina, tus hijos ya no puedan mas
argentina, tus hijos mendigan el pan
Intentan sobrevivir
trabajo no hay en el país
piensan en la olla popular
los cerdos las tiraran
nos muestran su falsedad
los malditos que gobiernan
escapan a la verdad
cuando el pueblo se revela.
jueves, 11 de septiembre de 2008
Mis Harapos
| Canción | |
| Música: Marino García | |
| Letra: Alberto Ghiraldo | |
| Caballero del ensueño, tengo pluma por espada, mi palabra es el alcázar de mi reina la ilusión, mi romántica melena, así lacia y mal peinada, es más bella que las trenzas enruladas de Ninón. Tengo un primo él es rico, poderoso y bien querido, yo soy pobre, soy enfermo, pienso, escribo y sé soñar. Y una noches, de ésas noches, tan amargas que he sufrido, mis harapos con su smoking, se rozaron al pasar. Mi miró como al descuido, no dejó su blanca mano, se estrechara con la mía, contagiándole calor. Él su smoking lo vestía ¡mi elegante primo hermano! y alejóse avergonzado de su primo, el soñador. El helado cierzo a ratos, arreciaba, incompasivo, yo sentía frío adentro, frío afuera y todo así, y arrimándome a una puerta rompí en llanto compulsivo y llorando como un niño ¡como un hombre maldecí! Vas rozando las hilachas de mis trágicos harapos una mueca de ironía mi miseria le arrancó. ¡También ríen en los charcos los inmundos renacuajos cuando rozan el plumaje de algún cóndor que cayó! Arquetipo inconfundible de tartufos que disfrazan, con el corte irreprochable de algún smoking o de un frac. Tú eres, primo, el arquetipo, mis orgullos te rechazan, ¡déjame con mis harapos! ¡son más nobles que tu frac!... |
lunes, 25 de agosto de 2008
Los Cantos de Maldoror
Canto I Estrofa VI
Hay que dejarse crecer las uñas durante quince días. Entonces, qué grato resulta arrebatar brutalmente de su lecho a un niño que aún no tiene vello sobre el labio superior y, con los ojos muy abiertos, hacer como si se le pasara suavemente la mano por la frente, llevando hacia atrás sus hermosos cabellos. Inmediatamente después, en el momento en que menos lo espera, hundir las largas uñas en su tierno pecho, pero evitando que muera, pues si murieran, no contaríamos más adelante con el aspecto de sus miserias. Luego se le sorbe la sangre lamiendo sus heridas, y durante ese tiempo, que debería tener la duración de la eternidad, el niño llora. No hay nada tan agradable como su sangre, obtenida del modo que acabo de referir, y bien caliente todavía, a no ser por sus lágrimas, amargas como la sal. Hombre, ¿nunca has probado el sabor de tu sangre, cuando por accidente te has cortado un dedo? Es deliciosa ¿no es cierto?, porque no tiene ningún sabor. Además, ¿no recuerdas el día que, en medio de lúgubres reflexiones, llevabas la mano formando una concavidad hasta tu rostro enfermizo empapado por algo que caía de tus ojos; la cual mano se dirigía luego fatalmente hacia la boca que bebía a largos sorbos, en esa copa trémula, como los dientes del alumno que mira de soslayo a aquel que nació para oprimirlo, las lágrimas? Son deliciosas, ¿no es cierto?, porque tienen el sabor del vinagre. Se dirían las lágrimas de la que ama apasionadamente; pero las lágrimas del niño dan más placer al paladar. El niño no traiciona pues todavía no conoce el mal, mientras la que ama apasionadamente acaba por traicionar, tarde o temprano...lo que adivino por analogía, aunque ignoro qué son la amistad y el amor (y es probable que nunca los acepte, por lo menos de parte de la raza humana). Y ya que tu sangre y tus lágrimas no te disgustan , aliméntate, aliméntate con confianza de las lágrimas y la sangre del adolescente. Tenle vendados los ojos mientras tú desgarras su carne palpitante; y después de haber oído por largas horas sus gritos sublimes, similares a los estertores penetrantes que lanzan en una batalla las gargantas de los heridos en agonía, te apartarás de pronto como un alud, y te precipitarás desde la habitación vecina, simulando acudir en su ayuda. Le soltarás las manos de venas y nervios hinchados, permitirás que vean nuevamente sus ojos despavoridos , y te pondrás otra vez a lamer sus lágrimas y su sangre. ¡Qué auténtico es entonces el arrepentimiento! La chispa divina que existe en nosotros y que sólo muy pocas veces se revela, aparece demasiado tarde. Cómo rebosa el corazón al poder consolar al inocente a quién se ha hecho tanto daño: “Adolescente que acabas de sufrir dolores crueles, ¿quién ha sido capaz de cometer en ti un crimen que no sé cómo calificar? ¡desdichado de ti! ¡Cómo debes sufrir! ¡Si lo supiera tu madre, no estaría ella más cerca de la muerte, tan detestada por los culpables, de cuánto lo estoy yo ahora. ¡Ay! ¿Qué son entonces, el bien y el mal? ¿Son acaso la misma cosa que testimonia nuestra furibunda impotencia y el ardiente deseo de alcanzar el infinito por cualesquier medios, por insensatos que fueren? ¿O bien son dos cosas distintas? Si...es mejor que sean la misma cosa...porque de no ser así ¿Qué me ocurrirá el día del Juicio Final? Sagrado rostro, es el mismo que acaba de quebrar tus huesos y desgarrar esa carne que cuelga de diversos sitios de tu cuerpo. ¿Es acaso un delirio de mi razón enferma, es acaso un instinto secreto que escapa al control de mis razonamientos, y similar al del águila que desgarra su presa, lo que me ha impulsado a cometer este crimen? ¡Y con todo yo he sufrido a la par de mi víctima! Adolescente, perdóname. Cuando hayamos abandonado esta vida efímera, quiero que ambos formemos un único ser, tu boca íntimamente unida a la mía. Pero aún así mi castigo no será completo. Tendrás, además, que desgarrarme sin detenerte nunca, con los dientes y las uñas a la vez. Adornaré mi cuerpo con guirnaldas perfumadas para este holocausto expiatorio ; y entonces sufriremos los dos, yo por ser desgraciado, tú por desgarrarme...con mi boca unida a la tuya. ¡Oh, adolescente de cabellos rubios, de ojos tan dulces! ¿Harás ahora lo que te pido? Quiero que lo hagas a pesar tuyo, para que mi conciencia vuelva a ser feliz”. Después de hablar en estos términos, habrás hecho daño a un ser humano, pero al mismo tiempo serás amado por él; es la mayor dicha que pueda concebirse. Más adelante podrás internarlo en un hospital, porque el lisiado no podrá ganarse la vida. Un día te llamarán magnánimo, y las coronas de laurel y las medallas de oro esparcidas sobre el gran sepulcro ocultarán tus pies descalzos al rostro del viejo. ¡Oh tú, cuyo crimen no quiero escribir en esta página que consagra la santidad del crimen!, me consta que tu perdón fue inmenso como el universo. En cuanto a mí, todavía existo.
Isidore Ducasse, Conde de Lautreamont
miércoles, 20 de agosto de 2008
que quién soy...
Si, miserables, ¡son ustedes! ¡morirán como ratas! Conserven la calma, se los aseguro. Todo comenzara cuando los sometidos como yo los comiencen a atacar ya seriamente. Organizadamente. Ya veran! Lo digo en serio.
Y donde más les duele! Nosotros tomaremos el poder y nos armaremos contra ustedes, y ustedes sufriran y los indemnizaremos de todos los arrebatos, de todos los saqueos y de todos los cadaveres que han creado! De todos los oprimidos, de los desposeidos, de todos los explotados. Les diremos basta! Ya verán. Tengan cuidado. Los tenemos en el ojo, nos falta ponerles las balas.
miércoles, 13 de agosto de 2008
LO POPULAR

Alguna vez, alguien que sea dueño de fuerzas geniales, tendrá que realizar el ensayo de la influencia de lo popular en el destino de nuestra América, para, recién entonces, poder tener nosotros la noción admirativa de lo que somos.
Esta pobre América que tenía su cultura y que estaba realizando, tal vez en dorado fracaso, su propia historia y a la que, de pronto, iluminados almirantes, reyes ecuménicos, sabios cardenales, duros guerreros, y empecinados catequistas ordenaron: ¡cambia tu piel!, ¡Viste esta ropa!, ¡Ama a este Dios!, ¡Danza esta música!, ¡Vive esta Historia!
Nuestra pobre América que comenzó a correr en una pista desconocida, detrás de metas ajenas, y cargando quince siglos de desventajas.
Nuestra pobre América que comenzó a tallar el cuerpo de Cristo cuando ya miles y miles de manos afiebradas por el arte y por la fe, habían perfeccionado la tarea en experiencias luminosas.
Nuestra pobre América que comenzó a rezar cuando ya eran prehistoria los viejos testamentos y cuando los evangelistas habían escrito su mensaje; cuando Homero había enhebrado su largo rosario de versos y cuando el Dante había cumplido su divino viaje.
Nuestra pobre América que comenzó su nueva industria cuando los toneles de Europa estaban traspasados de olorosos y antiguos alcoholes; cuando los telares estaban consagrados por las tramas sutiles y asombrosas; cuando la orfebrería podía enorgullecer su pasado con nombres de excepción; cuando verdaderos magos, seleccionando maderas, con cavidades y barnices, sabían armar instrumentos de maravillosa sonoridad; cuando la historia estaba llena de guerreros, el alma llena de místicos, el pensamiento lleno de filósofos, la belleza llena de artistas, y la ciencia llena de sabios.
Nuestra pobre América a la que parecía no corresponderle otro destino que el de la imitación irredenta. No podíamos intentar nada nuestro. Todo estaba bien hecho. Todo estaba insuperablemente terminado.
-¿Para qué nuestra música?
-¿Para qué nuestros Dioses?
-¿Para qué nuestra ciencia?
-¿Para qué nuestras telas?
-¿Para qué nuestro vino?
Todo lo que cruzaba el mar era mejor y, cuando no teníamos salvación, apareció lo popular para salvarnos. Instinto de pueblo. Creación de pueblo. Tenacidad de pueblo.
Lo popular no comparó lo malo con lo bueno. Hacía lo malo y mientras lo hacía creaba el gusto necesario para no rechazar su propia factura y, ciegamente, inconscientemente, estoicamente, prestó su aceptación a lo que surgía de sí mismo y su repudio heroico a lo que venía desde lejos. Mientras tanto, lo antipopular, es decir, lo culto, es decir, lo perfecto, rechazando todo lo propio y aceptando todo lo ajeno, trababa esa esperanza de ser que es el destino triunfador de América.
Por eso yo, ante ese drama de ser hombre del mundo, de ser hombre de América, de ser hombre Argentino , me he impuesto la tarea de amar todo lo que nace del pueblo, todo lo que llega al pueblo, todo lo que escucha el pueblo.
Para prologar este libro de Héctor Gagliardi, pienso en su autor y me pregunto: ¿Es un poeta? ¿Es un payador? ¿Es un cantor? No lo sé. Pero sé, eso sí, que él canta y que su pueblo lo escucha, mientras poetas nacidos de esta tierra que no son de esta tierra, viven arrojando parvas versificadas con resonancias exóticas, al abismo sin eco de la cultura vanidosa que, para mayor desgracia, tiene, bajo la cruz del Sur, el estigma trágico de la esterilidad.